ESE PARAÍSO
vamos a encontrarnos por ahí,
en cualquier lugar, en todo
momento, y fusionarnos
en un abrazo simbólico
con el universo
todes juntes, animales,
entidades vivas todas,
lo visible y lo invisible,
incluso aquello, diría,
que parece interte,
con respeto, en armonía:
ese paraíso
el cosmos en todos lados
y todas las partes del cosmos
valiosas
cada animal en su singularidad,
como quiera que fuese:
lo mismo ave o mamífero
o reptil o pez o anfibio,
lo mismo quien aletea
en las profundidades del océano
que aquelle otre que se arrastra por
shoppings, restaurantes, centros culturales
cada piedra
en su justa
dimensión,
sin jerarquías
y el agua y entonces el río
y la tierra y entonces los valles
y la luz que hace la mañana
y el canto que bordea los silencios
todo en plenitud
de su propia existencia,
en la sencillez de su
alteridad
cada cual un ser único,
indescifrable quizás
para el ser humano
quien ladra y gruñe
como quien bala o canta
o zumba o brama
o muge o berrea
o crotoa o cacarea
o grazna o barrita
así también aquellas partes que
sin estar propiamente vivas
manan, fluyen, se evaporan,
tiemblan, crujen, se desplazan,
crepitan, restallan, protestan
y aun, de tanto en tanto,
se adormecen, sueñan
iclusive aquellas fuerzas,
espíritus de la naturaleza que,
en la intimidad de su secreto,
hacen sabrá nadie nunca qué
pero lo hacen, hacen lo suyo, están ahí,
y merecen respeto, pues son sagradas
ese paraíso
donde nada ni nadie tenga que temer ante el paso
de ningune de nosotres
donde podamos encontrarnos
y reconocernos en todo lugar,
en cualquier momento,
en un abrazo simbólico
con el universo
donde pertenecer a una especie
no nos haga sentir más o menos
importantes
más o menos
valioses
más o menos
responsables
ese paraíso